Las alas de la paloma

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Extrañamente, cuando se lo dijo, él se lo tomó como si más o menos se lo esperase. Aun así la miró fijamente y estuvieron un rato así, sin que ninguno de los dos pronunciara un nombre, cada cual decidido, al parecer, a que lo hiciera el otro. Al final, la leve coacción de Milly resultó ser más fuerte.

—¿La señorita Croy? —preguntó lord Mark.

Milly esbozó una sonrisa imperceptible.

—La señora Lowder. —Él comprendió y se ruborizó ante aquella demostración de que era, en comparación, un ingenuo—. En conjunto, me parece la mejor. No creo que ningún hombre pueda pedir más.

Sin apartar los ojos de ella, lord Mark respondió:

—¿Quiere que me case con la señora Lowder?

¡Entonces fue Milly quien pensó que era él quien rozaba la vulgaridad! Pero no estaba dispuesta a tolerarlo.

—Sabe muy bien lo que digo, lord Mark. No es como si le dejase solo en el mundo. Creo que no se enfrenta usted a un mundo solitario —prosiguió—, le aguarda un mundo cálido, ansioso y expectante en cuanto se decida usted a aceptarlo.

Él no se movió, se quedaron plantados sobre el suelo de mármol pulido y, a los pocos minutos, él volvió a coger el sombrero.

—¿Quiere que me case con Kate Croy?


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