Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Quien lo quiere es la señora Lowder… No creo hacer mal al decÃrselo; además, ella da por sentado que usted lo sabe.
En fin, él demostró que sabÃa tomárselo con elegancia; y, por su parte, a ella no se le ocultó que era un consuelo estar tratando con un caballero.
—Es muy amable por su parte, al preocuparse asà por mis oportunidades. Pero ¿qué sentido tendrÃa que me decidiera por la señorita Croy?
Milly se alegró de poder decÃrselo.
—Pues que es la joven más guapa, inteligente y encantadora que conozco, y que si yo fuese hombre sencillamente la adorarÃa. De hecho lo hago. —Fue un lujo de respuesta.
—¡Oh, mi querida amiga!, mucha gente la adora. Pero eso no significa que lo hagan todos.
—¡Ah! —respondió ella—, ya sé como es la gente. Lo que es malo para unos es bueno para otros. No veo que tenga usted que temer nada de nadie —dijo—, a no ser que se comporte de manera insensata conmigo.
Nada más decirlo comprendió que él se estaba aprovechando de algo que ella no sabÃa.
—¿Cree usted, ya que estamos hablando de estas cosas, que la joven que describe en términos tan encomiásticos está libre?