Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Bueno, lord Mark, tendrá que comprobarlo. Es una persona excelente. Pero no sea usted tan humilde. —Casi se sentÃa alegre.
Al parecer, eso fue finalmente demasiado para él.
—Pero ¿de verdad no lo sabe?
Por supuesto, semejante desafÃo, en la práctica, a lo más elemental que ella pretendÃa saber, la empujó a hablarle con franqueza.
—SÃ, me consta que hay cierta persona que está muy enamorada de ella.
—Entonces, por la misma regla de tres, debe saber que ella también está muy enamorada de cierta persona.
—¡Ah, perdone usted! —exclamó Milly y se ruborizó de que se le pudiera imputar un error tan grosero—. Está muy equivocado.
—Entonces ¿no es cierto?
—No.
La mirada de lord Mark se trocó en una sonrisa.
—¿Está usted muy, muy segura?
—Tan segura —su actitud lo corroboraba— como pueda estarlo una si tiene todas las garantÃas. Lo sé de buena fuente.
Él vaciló.
—¿Por la señora Lowder?
—No. La señora Lowder no me parece una buena fuente.