Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Oh!, creÃa que hace un rato me estaba usted diciendo —se burló— que es maravillosa en todos los sentidos.
—Lo es para usted —no pudo ser más clara—. Para usted —prosiguió— no la hay mejor. Ella no cree lo que acaba usted de decir y sin duda sabe que ni siquiera lo tiene en cuenta. Puede usted saberlo por ella. Yo lo sé por… —pero Milly se contuvo con el temblor mismo de su énfasis.
—¿Por Kate?
—Por Kate misma.
—¿Que no quiere a nadie?
—A nadie. —Luego prosiguió con la misma intensidad—. Me ha dado su palabra.
—¡Ah! —dijo lord Mark. Y luego añadió—: Y ¿a qué llama usted su palabra?
Milly, por su parte, lo miró admirada… aunque tal vez por el instinto de ganar tiempo al ver que habÃa dicho más de lo que pretendÃa.
—Caramba, lord Mark, y ¿a qué llamarÃa usted su palabra?
—¡Ah!, no soy quién para decirlo. Yo no le he preguntado. Usted sÃ, por lo visto.
Bueno, eso la puso a la defensiva, sobre todo por Kate.