Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —SÃ, para quienes se preocupan por usted… como hace todo el mundo. Todo en usted es hermoso. Además, no creo —declaró— en la seriedad de lo que me dice. Es demasiado absurdo que pueda hallarse usted en un trance irresoluble. Si usted no puede resolverlo, me gustarÃa saber quién puede. Es usted la primera entre las jóvenes de su época. Lo digo con sinceridad. —Y hay que admitir que parecÃa sincero, no entusiasmado, pero sà lúcido, tan competente, en esa posición, para comparar, que su afirmación tuvo la fuerza tal vez no de un tributo, pero sà de una garantÃa—. Todos la queremos. Lo diré asà sin la menor pretensión personal, por si le resulta a usted más fácil. Hablo como integrante de un grupo. Usted no ha nacido sólo para atormentarnos: ha nacido para hacernos felices. Y por lo tanto tiene que escucharnos.
Ella movió la cabeza con su acostumbrada lentitud, pero en esta ocasión con mucha dulzura.