Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Y, por consiguiente, ¿tampoco le dejó la menor duda de que también lo está usted? —No obstante, fue como si, nada más hablar, comprendiera que habÃa cometido una equivocación, y Milly no habrÃa sabido decir qué brillo en su mirada se lo dio a entender al instante. En cualquier caso él no le dio tiempo para averiguarlo; retrocedió en el acto con un leve movimiento—. Todo eso está muy bien, pero ¿por qué, mi querida amiga, se vio en la necesidad de prometérselo?
Ella dedujo que ese «querida amiga» se referÃa a ella y eso la desconcertó, pues podÃa habérselo dedicado elegantemente a la calumniada Kate. Una vez más se creyó obligada a rebatir su parte de la calumnia.
—Porque, como le he contado, nos hemos hecho muy amigas.
—¡Ah! —dijo lord Mark, que pareció dar a entender que en tal caso no hacÃan falta tantas formalidades.