Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No obstante, se dispuso a marcharse como si, en cierta medida, hubiese conseguido por fin más o menos lo que querÃa. Milly tuvo la sensación, mientras se despedÃa, de haberle dado más de lo que querÃa o de lo que podrÃa justificar teóricamente cuando recobrara el dominio de sà misma. De hecho, era raro que le hubiese sacado —bajo el hechizo inquisitivo del palacio, infinitamente franco— más de lo que nadie le habÃa podido sonsacar: ni Kate, ni la tÃa Maud, ni Merton Densher, ni Susan Shepherd. Era consciente de que en particular lord Mark habÃa conseguido, en menos de un minuto, hacerle perder su presencia de ánimo, y ahora deseó que se marchase para poder recuperarla o sobrellevar mejor la pérdida en soledad. No obstante, casi al mismo tiempo, vio que se detenÃa ante la aparición, en el otro extremo de la sala, de uno de los gondoleros, que, con independencia de qué excursiones hubieran planeado los demás, siempre se quedaba en el palacio, por ser el más apuesto, serio y esbelto, por si Milly tenÃa un capricho y necesitaba sus servicios: cosa que en su libertad recluida no habÃa sucedido todavÃa. El bronceado Pasquale, deslizándose con sus zapatos blancos sobre el mármol le recordó a su siempre hechizada vista no habrÃa sabido decir muy bien qué: un plácido hindú, demasiado silencioso para sus nervios, o sencillamente un marinero descalzo en la cubierta de un barco, Pasquale sostuvo obsequioso una pequeña bandeja con una tarjeta de visita. Lord Mark —como admirándolo también— retrasó su partida mientras la leÃa, lo que tuvo el efecto inmediato de asestar otro golpe a su presencia de ánimo. Esta exigua entidad desapareció de tal modo que incluso para tratar con Pasquale tuvo que esforzarse en disimular su falta. No obstante, antes de hacer el esfuerzo ya le habÃa preguntado si el caballero estaba abajo y ya la le habÃan informado de que habÃa subido. Al parecer habÃa seguido al gondolero y la esperaba en lo alto de la escalera.