Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Kate salió a dar uno de sus paseos con Densher justo después de su visita al señor Croy; aunque, como de costumbre, pasaron la mayor parte del tiempo conversando sentados. Al pie de los árboles, cerca del lago, parecían viejos amigos, entre momentos de aparente seriedad en los que daban la impresión de estar resolviendo todos los problemas de su vasto y joven mundo y aún más frecuentes periodos de silencio, en los que cualquiera que hubiese pasado por allí los habría tomado por una pareja que llevase mucho tiempo prometida. Parecían, pues, viejos amigos y no un par de jóvenes que se habían conocido apenas un año antes y llevaban casi todo aquel tiempo sin verse. De hecho, los dos creían conocerse desde hacía mucho y, aunque se habían visto en contadas ocasiones, tenían la sensación de que habían sido muchas, y muy parecidas, y la confusa intención de que fuesen muchas más, y lo menos diferentes posible. El deseo de que así fuese tal vez tuviera que ver con que, a pesar del diagnóstico del desconocido, no habían llegado a ningún arreglo formal ni definitivo. Muy al principio Densher había planteado la cuestión, pero había recibido la obvia respuesta de que era demasiado pronto, y de este modo había ocurrido algo singular: habían aceptado que su relación era demasiado corta para comprometerse, pero habían actuado como si fuese lo bastante larga para cualquier otra cosa y el matrimonio se alzase ante ellos como un templo al que no conducía ningún camino. Pertenecían al templo y se veían en sus terrenos, y se hallaban en una etapa en la que eso ofrece consuelos diversos. De hecho Kate tenía tan pocos confidentes que no entendía de dónde procedían las sospechas de su padre. Claro que en Londres los rumores corren deprisa, pero lo de Marian también era misterioso, pues la tía Maud no se relacionaba con ninguno de los dos. Sin duda, alguien debía de haberla visto. Al fin y al cabo, no se había molestado en ocultarse y no se sentía capaz de hacerlo. Pero ¿cómo la habían visto? Y ¿qué había que ver? Estaba enamorada, lo sabía, pero eso era asunto suyo, y tenía la sensación de haberse comportado, aun entonces, con un decoro casi exagerado.


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