Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Pero lo que más intrigaba a la joven eran las implicaciones de semejante despliegue de diplomacia por su causa. ¿Cómo interpretar su situación en vista de que, a todas luces, su tía temía disgustarla? Era como si aceptase en parte a Densher por miedo a que, de lo contrario, ella pudiera dejarse llevar por el despecho. ¿No habría considerado su tía el peligro de que en tal caso rompiera con ella y se fuese? Este peligro era exagerado, pues nunca habría hecho nada tan drástico; pero, al parecer, así era como la veía la señora Lowder y cómo juzgaba razonable tratar con ella. Entonces ¿qué importancia le atribuía en realidad y qué extraño interés podía tener en no incomodarla? Su padre y su hermana tenían su propia respuesta, aunque ignorasen por qué razón Kate se había planteado esa pregunta: a su entender, la dueña de Lancaster Gate estaba ansiosa por enriquecerla, y la explicación que daban a semejante anhelo era que, después de que el azar la hubiese llevado a conocerla de cerca, se había quedado deslumbrada y fascinada. Celebraban y admiraban así una de esas fantasías tardías de las ancianas ricas, caprichosas y excesivas, tanto más notable porque no respondía a ninguna confabulación, y acumulaban los posibles beneficios con los que colmaría al objeto de su generosidad. Kate sabía a qué atenerse respecto a sus posibilidades de triunfo; sin duda se consideraba atractiva, pero también dura, fría e inteligente, y tan poco ambiciosa que era una lástima para su tranquilidad que no pudiera decidir si adoptar una indiferencia sutil o una indiferencia estúpida. A veces su inteligencia la volvía imperturbable, tal vez demasiado, pero en otras ocasiones la inquietaba su estulticia, de manera que al parecer no sacaba provecho de ninguno de los dos extremos. En ese momento, no obstante, sabía que se encontraba en una situación delicada y hasta su madre, triste, desilusionada y agonizante, le había recordado, mientras la tía Maud hablaba con la enfermera en las escaleras, que había que aprovechar tales ocasiones con la ayuda de la Providencia. La buena mujer había muerto convencida de que estaba aprovechando la que se le había presentado.


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