Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Después llegaría a pensar que esa apariencia había sido la más conveniente para una relación que como mejor podía describirse era precisamente como la del panadero y la criada. Se decía que, a partir de ese momento se habían frecuentado y que ese tecnicismo había llegado a representar al mismo tiempo el alcance y el límite de su vínculo. Como es natural, él le pidió permiso allí mismo para ir a visitarla y, como cualquier joven que no era verdaderamente joven, y no pretendía ser una flor de invernadero, Kate se lo dio. Enseguida le dejó claro que, por el momento, ésa era la única base posible para su relación: no era más que una mujer londinense contemporánea, muy moderna, ajetreada, libre y honrada. Por supuesto, se lo contó a su tía y pasó por el formalismo de pedir su autorización; y luego recordó que, aunque contó la historia de su nueva relación de forma tan sucinta como los hechos mismos, la señora Lowder había mostrado una amabilidad sorprendente. La ocasión había servido para recordarle a ella en todos los sentidos que su anfitriona era insondable, y al mismo tiempo comprendió que había sido entonces cuando había empezado a preguntarse, por decirlo vulgarmente, qué estaría tramando. «Puedes recibir a quien quieras, cariño», había respondido la señora Lowder, que, por lo general, se oponía a que la gente hiciera lo que quisiera, y su inesperada respuesta le dio a su sobrina mucho en lo que pensar. Se le ocurrieron muchas explicaciones, todas divertidas, aunque en el sentido sombrío y meditativo que cultivaba en esos tiempos Kate en su retiro del piso de arriba. Merton Densher fue a visitarla el domingo siguiente, y la señora Lowder tuvo la magnanimidad de dejar que su sobrina lo recibiera a solas. Lo vio, no obstante, el domingo siguiente, para invitarlo a cenar; y cuando, después de cenar, volvió en otras tres ocasiones, encontró la manera de que pareciese que el joven había ido a visitarla a ella. La convicción de Kate de que a su tía no le gustaba aquel visitante hizo que aquello resultara aún más insólito y se sumase a la evidencia, a estas alturas muy voluminosa, de que era una mujer extraordinaria. Si la energía de su carácter hubiese sido normal, habría exhibido su antipatía sin tapujos, pero lo que estaba haciendo era esforzarse en conocerle para ver mejor dónde «pillarlo». Ésta fue una de las reflexiones hechas por nuestra joven en su retiro; sonrió desde su atalaya, en aquel silencio hecho de sonidos irrelevantes, y comprendió que es fácil aceptar a los demás si así podemos someterlos. Cuando la tía Maud quería librarse de alguien no recurría a nadie: claramente prefería hacerlo con sus propias manos.