Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Ya veo, ya veo —dijo Densher, que ciertamente lo veÃa… veÃa el sentido de las palabras de su amigo y también veÃa más allá. Aquello que le habÃa anunciado la señora Stringham, y a lo que él habÃa esperado no tener que enfrentarse, habÃa sucedido. Sir Luke habÃa esperado hasta el final, pero ahà estaba, y la forma concisa e indeterminada en que se lo habÃa dicho —en el tono de un hombre de mundo hablando con otro, convencido de que, después de lo sucedido, sabrÃa entenderle— no era sino la forma caracterÃstica de su encanto. Le estaba pidiendo a Densher que entendiera muchas cosas, y lo primordial era, sin duda, demostrarle que las habÃa entendido—. Le estoy muy agradecido, iré hoy mismo —respondió, pero, entretanto, mientras se miraban, el tren se habÃa puesto lentamente en movimiento. Sólo quedaba tiempo para una palabra más y el joven la escogió, entre otras veinte, con intensa concentración—. Entonces, ¿está mejor?
El rostro de sir Luke adoptó una expresión extraordinaria.
—SÃ, está mejor.