Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Eso le preguntó sin rodeos Kate en el crepúsculo de diciembre en Lancaster Gate, a propósito de los días transcurridos desde su regreso; aunque él comprendió a la perfección que Kate seguía siendo tan admirablemente fiel como siempre a su instinto —que era también un sistema— de no admitir la posibilidad de que nacieran entre ellos pequeños resentimientos, naderías que socavaran su confianza general. Que, por sí misma, la belleza renovada de esta fidelidad lo conmovería profundamente, si es que otra cosa, no menos vívida pero diferente, no lo había conmovido aún más. Al verla él reparó en lo que había supuesto su separación, y en que volvían a verse como personas cuyas aventuras, plagadas de exilios y peligros en el tiempo y el espacio, hubiesen sido de una peculiar extrañeza. Se preguntó si él le parecería a ella tan diferente como ella se lo había parecido enseguida a él; lo cual no era más que su manera de aceptar, con un estremecimiento, que —incluso a primera vista— nunca la había visto tan hermosa. Eso fue lo que a la luz del fuego y la lámpara que iluminaba su bienvenida a través de la niebla londinense, se le presentó como la flor de su diferencia; igual que esa misma diferencia, parte de la cual consistía en que parecía haber madurado más de lo que podían justificar un par de meses, era el fruto de su relación íntima. Si Kate estaba diferente, era porque habían elegido juntos que lo estuviese, y ella podía exhibirlo orgullosa como prueba de su sabiduría, de su éxito, de la realidad de lo que había ocurrido: de lo que, de hecho, seguía ocurriendo en el espíritu de los dos. Densher sabía muy bien que lo primero que tenía que explicar era que, a pesar de haber vuelto, no hubiese dicho nada en varios días; por eso había tranquilizado su conciencia escribiendo a la señora Lowder una nota que había conducido a la presente visita. Había escrito a la tía Maud porque le había parecido lo más respetuoso; y sin duda había sido notable que no hubiese tenido que hacer el menor esfuerzo para no escribir a Kate. Venecia quedaba ya tres semanas atrás… había viajado despacio; pero fue como si, incluso en Londres, tuviese que seguir plegándose a sus órdenes. Eso fue precisamente lo que le permitió, confiado en su firmeza, apelar a sus sentimientos dada la situación y explicar su prolongada discreción. Había ido a contárselo todo, si tenía ocasión; y, como estaba claro que su lento viaje, sus esperas, su demora en ponerse en contacto con ella habían ido a la par que su resolución, esa incoherencia no era en el fondo más que uno de los elementos de tanta intensidad. Estaba recopilando lo que tenía que contarle. Para eso hacía falta tiempo, y la prueba era que, tal como comprendió enseguida, no podría haberlo hecho antes de esa tarde. Lo había llevado todo consigo, hasta la última sílaba, y —como, de hecho, pudo comprobar— no le sería difícil encontrar en esa cantidad la primera razón para que Kate lo entendiera.


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