Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Su escasez de medios —de medios suficientes para mantener a nadie más que a él— era, en realidad, lo más desagradable, y nunca se lo parecía más que cuando la contemplaba cara a cara en toda su desvergüenza, junto con todos los elementos de la vida de Kate que, de forma coloquial y conveniente, ellos consideraban divertidos. De hecho, a veces se preguntaba si dichos elementos eran tan divertidos como la secreta convicción, con frecuencia tan vívida para él, de su íntima incapacidad para hacerse rico. Tal convicción era una realidad categórica y un hecho en sí mismo; no llegaba a comprenderlo por más que lo analizaba, aunque, como es lógico, tenía sobre el asunto más elementos de juicio que nadie. Sabía que subsistía aunque estaba igualmente seguro de no ser un incapaz físico o mental y de que no era ni un tullido ni un idiota; sabía que era una realidad absoluta, aunque secreta; y también, cosa extraña, que no le prohibía ni impedía hacer cosas normales. Sólo ahora empezaba a plantearse si no le impediría casarse; sólo ahora, y por primera vez, había tenido que poner su caso en la balanza. A menudo, cuando estaba con Kate, le parecía ver la balanza en cuestión, negra e imponente, en distintas posiciones, mientras hablaba o escuchaba. Unas veces estaba abajo el platillo derecho y otras el izquierdo, pero nunca llegaba a un feliz equilibrio y uno u otro acababan desplazando el fiel. Una y otra vez, se preguntaba si era más innoble proponerle a una mujer que te diera una oportunidad o aceptar en conciencia que semejante oportunidad conllevaría, en el caso más favorable, un sinfín de privaciones; si, a fin de cuentas, casarse por dinero no sería menos vergonzoso que casarse sin él. Pero la marca de su frente se distinguía con claridad a pesar de todos esos cambios de humor y de ángulo: tanto si se casaba como si no, seguiría siendo pobre. Su imaginación era especialmente fértil en ese campo y las innumerables formas de ganar dinero aparecían con total nitidez ante él; podría haber escrito sobre ellas para su periódico con tanta facilidad como sobre cualquier otra cosa. Eso se le daba muy bien: era otra marca en su frente, las dos huellas del dedo de la Fortuna, y la marca a fuego sobre el vellocino pasivo databa del día de su nacimiento y hacía compañía a la otra. Escribía para la prensa con una deplorable facilidad; si nada había podido pararlo a los diez años, menos aún a los veinte: formaba parte en primer lugar de su destino y en segundo del de sus desdichados lectores. Las innumerables formas de ganar dinero eran sin duda, en cualquier caso, lo que más ocupaba su imaginación cuando echaba la silla atrás y apoyaba la cabeza en las manos entrelazadas. Y lo que más solía prolongar esa actitud era la reflexión de que tales métodos únicamente servían para los demás. Sea como fuere, en esa ocasión comprendió mejor que nunca, y en apenas un minuto, las circunstancias que impedían a su compañera tener una relación sencilla. Comprendió sobre todo cómo las veía ella, pues le habló con la mayor franqueza y le contó la visita a su padre y la subsiguiente escena con su hermana, un ejemplo de cómo estaba eternamente condenada a restañar, de una manera u otra, las esperanzas de aquella mujer desdichada.


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