Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Lo harÃa sin dudarlo si ella quisiera. En eso consiste toda mi virtud, en un mÃnimo y limitado sentimiento familiar. En una especie de piedad mezquina y estúpida. No sé cómo llamarlo. —Kate se enrocó con valentÃa en su argumentación—. A veces, cuando estoy sola, tengo que contener las lágrimas al pensar en mi pobre madre. Pasó pruebas terribles que acabaron con ella, ahora lo sé, entonces no, porque era egoÃsta; y mi situación, comparada con la suya, es un triunfo que les resulta ofensivo. Marian no para de repetÃrmelo; y, como te he dicho, mi padre también, aunque sea con su estilo inimitable. Mi situación representa un gran valor para los dos —Kate siguió hablando y hablando, lúcida e irónica, sin dar lugar a confusiones piadosas—. De hecho, soy el único valor que tienen.
Para nuestra joven pareja ese dÃa todo se movÃa, a pesar de las pausas y los márgenes, a mayor velocidad: la rapidez y la preocupación parecÃan relámpagos en un dÃa bochornoso. Densher la observaba más decidido que nunca.
—Y ¡eso es lo que te retiene!
—Pues claro. Es como tener un zumbido constante en los oÃdos. No hago más que preguntarme si tengo algún derecho a la felicidad personal y a alguna otra cosa que no sea ser rica, nadar en la abundancia y ser lo más deslumbrante y elegante posible.
Densher hizo una pausa.