Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Oh!, con un poco de suerte también podrÃas aspirar a la felicidad personal.
La respuesta inmediata a estas palabras fue un silencio igual al suyo; después Kate le miró a la cara y dijo sin levantar la voz y con mucha sencillez:
—¡Cariño!
Él hizo otra pausa y respondió en el mismo tono:
—¿Por qué no lo solucionas casándote mañana conmigo por lo civil? Nada serÃa más fácil.
—Antes de decidirnos —respondió enseguida Kate— esperemos a que la hayas visto.
—¿A eso lo llamas adorarme? —preguntó Densher.
Hablaban con una extraña mezcla de franqueza y prudencia, y nada habrÃa armonizado mejor con eso que el modo en que ella dijo por fin:
—Tú también la temes.
Él respondió con una gélida sonrisa.
—¡Para ser dos jóvenes distinguidos y de espÃritu elevado somos un poco raros!
—Sà —continuó ella—, somos horriblemente inteligentes. Pero es divertido. Cada cual se divierte como puede. Creo —añadió, no sin valentÃa— que nuestra relación es muy bonita. No tiene nada de vulgar. Me gusta que las cosas conserven algo de poesÃa.
Él soltó una risa un poco más relajada que su sonrisa.