Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Debe asustarte mucho romper conmigo!
—No, no, eso serÃa vulgar. Aunque, claro —admitió—, soy consciente de que me arriesgo a cometer alguna bajeza.
—Y ¿qué puede haber más bajo que sacrificarme?
—No voy a sacrificarte. No te quejes antes de tiempo. No quiero sacrificar nada ni a nadie. Ahà radica la dificultad de mi situación, en que quiero y voy a intentar conseguirlo todo. Asà —añadió— es como me imagino (y como te imagino a ti también) actuando por ellos.
—¿Por ellos? —el joven exageró su frialdad—. ¡Muchas gracias!
—¿Acaso te son indiferentes?
—Y ¿por qué no me lo iban a ser? ¿Qué son para mà más que un engorro muy considerable?
Justo después de permitirse calificar asà a los desdichados que ella apreciaba de manera tan retorcida, se arrepintió de su brusquedad, en parte porque temió que ella explotara. Pero uno de los rasgos más admirables de Kate Croy era que a veces estallaba sólo con un leve resplandor.
—No comprendo cómo te cuesta tanto entender que, siempre que no cometamos ninguna estupidez, podemos hacer lo que queramos. Podemos quedarnos con ella.
Él la miró detenidamente.