Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Y ¿que nos pase una renta?
—Bueno, espera a ver.
Volvió a quedarse pensativo.
—¿A ver lo que podemos sacarle?
Por un rato Kate no dijo nada.
—Al fin y al cabo, nunca le he pedido nada; jamás, ni siquiera fui a verla cuando las cosas nos iban peor. Fue ella la que me eligió y la que se posó sobre mà con sus maravillosas garras doradas.
—Hablas —observó Densher— como si fuese un buitre.
—Di mejor un águila… con el pico dorado y grandes alas volanderas. Si lo suyo son las alturas di, en suma, que es un gran globo de seda, pero yo nunca subà a su barquilla. Me eligió ella a mÃ.
La verdad era que habÃa bosquejado el asunto con mucho estilo y colorido y Densher se quedó contemplando el cuadro como si fuese la obra de un maestro.
—¡Qué habrá visto en ti!
—¡Maravillas! —Alzó la voz y se puso en pie—. Todo. Eso es.
SÃ, eso era. Densher siguió pensativo cuando se le plantó delante.
—Entonces ¿quieres que haga lo que pueda por aplacarla?
—Ve a verla, ve a verla —respondió con impaciencia Kate.