Las alas de la paloma

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II

La siguió un buen rato con la mirada, antes de correr a su alcance, y entender mejor que nunca por el porte de su cabeza y el orgullo de sus andares —no sabía cómo expresarlo mejor—, al menos parte de las razones de la señora Lowder. Se estremeció al imaginarse a sí mismo como una razón opuesta a ellas; aunque en ese momento, con la fuente de la inspiración de la tía Maud ante sus ojos, se sintió dispuesto a someterse, mediante casi cualquier abyección o compromiso provechoso, al sencillo mandato de su compañera. Haría lo que ella quisiera, sin atender a su propia voluntad. La ayudaría hasta el límite de sus fuerzas, pues aquel día y el siguiente aquel sencillo mandato, pronunciado mientras le daba la espalda, fue como el chasquido de un enorme látigo en el aire azul, el elevado elemento en el que flotaba la señora Lowder. Tal vez no se arrastrara a sus pies, aún no estaba preparado para eso, pero sería paciente, ridículo, razonable, irracional y por encima de todo muy diplomático. Sería inteligente con toda su inteligencia, que sacudió como hacía a veces con su viejo, querido, estropeado reloj para volver a ponerlo en marcha. Por suerte, no andaba del todo escaso de ese «factor» (por utilizar uno de sus lugares comunes periodísticos), y, con el ingenio que pudieran reunir entre los dos, no podrían culpar a su mala estrella, por muy poco que brillase, si el resultado era la derrota y una rendición prematura e inminente. No era que el desastre le pareciese, en el peor de los casos, un claro sacrificio de sus posibilidades, sino que imaginaba —y con eso ya era suficiente— que demostraría la vanidad y fatuidad de su proyecto de atraerse a la señora Lowder. Cuando, no mucho después, se vio esperando a dicha señora en su enorme salón —la casa de Lancaster Gate le había parecido siempre de un tamaño prodigioso— en respuesta a la invitación que le había hecho llegar por medio de un telegrama con «respuesta pagada», su intención seguía siendo en teoría ceñirse a su plan, aunque las dificultades de ponerlo en práctica aumentaron hasta la misma escala que el lugar.


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