Las Bostonianas

Las Bostonianas

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—¡Oh, cielos! —murmuró vagamente el joven, recostándose en la poltrona con los brazos cruzados. Miró a la señora Luna con una incredulidad inteligente. Era una mujer bastante hermosa; los cabellos rizados le caían como racimos de uvas; parecía que el busto se abriría a cada momento debido a su vivacidad; y por debajo de los rígidos pliegues de su crinolina surgía un pie pequeño y gordezuelo, sostenido por un alto tacón. Era una mujer atractiva e impertinente, especialmente esto último. Él pareció considerar que era una lástima que ella hubiera dicho lo que había dicho; pero pareció perderse en esta consideración, o, de cualquier manera, no dijo nada durante un buen rato, mientras sus ojos vagaban sobre la señora Luna, y probablemente tratara de adivinar qué tipo de doctrina representaba, ya que parecía compartir muy poco los puntos de vista de su hermana. Muchas cosas le resultaban extrañas a Basil Ransom. Boston parecía estar especialmente colmado de sorpresas, y él era un hombre a quien le gustaba comprender. La señora Luna se calzaba los guantes; Ransom no había visto ningunos tan largos como aquellos; le recordaban las medias de una mujer y se preguntó cómo los podría sostener sin ligas en los hombros—. Bueno, supongo que sí, que es mejor saberlo —concluyó al final.

—¿Que es mejor saber qué?


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