Las Bostonianas

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XVI

El señor Pardon, como Olive observó, se mantenía un poco al margen de aquella conversación; pero tampoco era una persona que se dejara desanimar fácilmente. Se sentó al lado de la señorita Chancellor y comenzó a tratar un tema literario; le preguntó si seguía alguna de las novelas que se publicaban en las revistas. Cuando le comunicó que jamás se había interesado en nada del género, él emprendió una defensa del sistema de folletines, y ella le recordó al instante que nunca lo había atacado. Pardon no se desanimó por esa réplica, y saltó volublemente al problema de Mount Desert; la conversación, cualquiera que fuese el tema, constituía al parecer una necesidad de su naturaleza. Hablaba con gran rapidez y en tono bajo, con palabras y frases imperfectamente pronunciadas: había una cierta monotonía no del todo desagradable en su timbre, y abundaba en exclamaciones como «¡Santo cielo!» y «¡Dios nos ampare!», no frecuentes en un sexo propenso a las interjecciones blasfemas. Sus rasgos eran pequeños y delicados, extraordinariamente puros; bellos ojos, un par de bigotes que a menudo se acariciaba con aire juvenil muy en contraste con sus sienes grises y con el aire de libertad y de familiaridad con que hablaba de su carrera de periodista. Sus amigos sabían que, a pesar de su delicadeza y de su voz suave, era un hombre activo; su aspecto se podía conciliar perfectamente con una buena dosis de iniciativa literaria. Es necesario explicar que la mayor parte de ellos le daban a esta idea el mismo sentido de Selah Tarrant: una cierta familiaridad con los periódicos, el cultivo del gran arte de la publicidad. Para este ingenioso hijo de su siglo toda distinción entre la persona y el artista había cesado de existir; el escritor era una persona, y la persona, alimento para los periodistas, y todas las cosas y las personas convergían en ese mismo asunto. Para él todas las cosas se referían a la prensa, y la prensa significaba sencillamente un reportaje infinito, rapidez en la información, abusiva cuando era necesario, y aun cuando no lo era, sobre sus conciudadanos. Constantemente se inmiscuía en sus asuntos privados, en su aspecto personal, con la mejor conciencia del mundo. Su fe, nuevamente, era la fe de Selah Tarrant: aparecer en los periódicos era la mayor felicidad, y poner en duda las condiciones de ese privilegio resultaría fastidioso. Era un enfant de la balle, como dicen los franceses; había comenzado su carrera a los catorce años de edad, recorriendo los hoteles para recoger sus flores en los grandes y untuosos libros de registro que yacen sobre los mostradores de mármol, y podía legítimamente jactarse de haber contribuido, con su pequeño grano de arena, en beneficio de una vigilante opinión pública, orgullo de un estado democrático, a impedir al ciudadano americano que se lanzara a viajes clandestinos. A partir de entonces había ascendido otros escalones de la misma escalera; era el más brillante entrevistador de la prensa de Boston. Había triunfado sobre todo con sus entrevistas a las damas; había confesado en su cuaderno de taquigrafía a muchas de las más célebres mujeres de la época —algunas de estas hijas de la fama eran muy voluminosas— y se le atribuía un notable método de insinuación para aproximarse a las prime donne y las actrices a la mañana siguiente de su llegada y a veces en la misma noche, mientras el equipaje yacía sin desempacar. Tenía solo veintiocho años, y con su cabellera blanca era un joven del todo moderno; no se planteaba la posibilidad de no aprovecharse de todas las conveniencias modernas. Consideraba la misión del hombre en este mundo como un perpetuo envío de telegramas; para él todas las cosas poseían el mismo valor, no tenía ningún sentido de las proporciones ni de las cualidades; solo las últimas novedades lograban crear en su mente un sentimiento respetuoso. Era objeto de la admiración más grande por parte de Selah Tarrant, quien creía que era dueño de todos los secretos del éxito, y quien, cuando la señora Tarrant comentaba (lo había hecho ya más de una vez) que creía que el señor Pardon trataba de hacerle la corte a Verena, declaró que, si era así, era uno de los pocos jóvenes con quien le gustaría que Verena uniera su destino, uno de los pocos que recibirían toda su aprobación para cortejarla. Tarrant estaba convencido de que si Matthias Pardon solicitaba a Verena en matrimonio sería con la idea de hacer de ella una figura pública, y las ventajas para la joven de tener un marido que era a la vez reportero, entrevistador, agente publicitario, que tenía influencia en todos los principales diarios, que escribiría sobre ella y la lanzaría por así decirlo científicamente, eran tan obviamente atractivas que ni siquiera vale la pena insistir en ellas. Matthias no tenía una gran opinión de Tarrant; lo consideraba una personalidad de segunda categoría, un defensor de causas perdidas. Estaba convencido de amar a Verena, pero su pasión no conocía los celos; es más, incluía una disposición a compartir el objeto de su afecto con el pueblo americano.


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