Las Bostonianas

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XX

Esperaba no volver a verlo pronto, y parecía que no había ocasión de tener que hacerlo, ya que sus contactos podían establecerse por medio de cheques. El entendimiento con Verena, naturalmente, había sido total; la joven había prometido permanecer con su amiga todo el tiempo que esta quisiera. Al principio había dicho que no podía abandonar a su madre, pero al final había llegado a pensar que no se trataba de un abandono. Era tan libre como el aire de ir y venir; podía pasar horas y días enteros con su madre cada vez que la señora Tarrant lo deseara; lo único que Olive le pedía era que, durante ese tiempo, considerara como su casa la casa de Charles Street. No hubo ninguna necesidad de discutir sobre este punto, por la sencilla razón de que en el momento en que la cuestión se presentó Verena estaba absolutamente encantada con su amiga. La idea de que Olive pudiera resultar encantadora podrá tal vez hacer sonreír al lector; pero yo uso ese término en su sentido original, no en el derivado. La fina red de autoridad y dependencia que su infatigable amiga había tejido en torno ella era ahora tan densa como una coraza; y Verena estaba completamente interesada en su gran causa; la veía a la luz de una activa y entusiasta fe. El beneficio que su padre esperaba obtener de ella estaba ya asegurado; sus cualidades se desarrollaban y florecían de la mejor manera. Olive veía la diferencia y el lector podrá imaginar cómo se regocijaba con ella: jamás había experimentado un placer mayor. La anterior actitud de Verena había sido de una sumisión pueril, y una simpatía agradecida y curiosa. Se había entregado a su sorpresa juvenil y a la voluntad prepotente de Olive, que con la actitud decidida con que llevaba a la práctica sus opiniones había logrado dominarla. Además la ligaba a Olive también la hospitalidad ofrecida, la perspectiva de nuevos horizontes sociales y el deseo de una vida distinta. Pero ahora se entregaba con una pasión desinteresada a la obra que debían realizar juntas; las cosas le interesaban por sí mismas, nutría una fe ardiente, tenía la causa constantemente en su pensamiento. Su participación en aquella unión había dejado de ser puramente pasiva y receptiva; era también apasionada, y en ella encontraba la fuente de nuevas energías. Si Olive deseaba dedicarse a cultivar a Verena, podía confiar en que ese proceso se había ya iniciado y que su amiga se sentía tan satisfecha como ella misma. Se podía confesar a sí misma, sin miedo a que se la calificara de mujer sin corazón, que al abandonar a su madre lo había hecho por un fin noble y eminentemente moral. En realidad no la había abandonado de ningún modo, y pasaba horas enteras viajando entre Charles Street y la pequeña casa de los suburbios. La señora Tarrant suspiraba y se lamentaba, se envolvía en su chal y decía que no sabía si podía arreglárselas sola, y que, la mitad de las veces, cuando Verena estaba fuera, no se sentía capaz ni para contestar la campanilla de la puerta; por supuesto no dejaba escapar ninguna oportunidad para presentarse como alguien que ha pagado lágrimas de sangre para permitir la buena marcha del progreso humano. Pero Verena intuía (ahora, por primera vez, juzgaba un poco a su madre) que lamentaría que le tomaran literalmente la palabra y que se sentía bastante amparada por la generosidad de la hija. No quería renunciar a aquello en lo que siempre había depositado su fe —menos ahora que la señora Luna había partido, sin dejar ninguna huella, y las grises paredes de un sedentario invierno se estaban al parecer estrechando alrededor de las dos jóvenes—, no podía renunciar a la teoría de que una residencia en Charles Street terminaría por ponerla en contacto con las clases más brillantes. Se sentía vejada por la resignación de su hija a no asistir a recepciones y a que la señorita Chancellor no las ofreciera; pero la práctica de la paciencia no era nada nuevo para ella, y consideraba que al menos el señor Burrage invitaría a su hija a la ciudad, donde pasaba la mitad de su tiempo, quedándose habitualmente a dormir en el hotel Parker.


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