Las Bostonianas
Las Bostonianas Mientras él permanecía sentado al lado de la señora Luna, en el pequeño salón de esta, bajo la luz de una lámpara, se sintió más tolerante ante la presión que ella no podía evitar ejercer sobre él. Habían pasado varios meses y no estaba ahora más cerca del éxito que se había augurado. Sutilmente comenzó a deslizarse en su ánimo la idea de que había otra clase de éxito, agradable y visiblemente abierto ante él, no tan elevado ni tan varonil, eso era cierto, pero sobre el cual podría descansar sin merma, tal vez, de los principios de honor. La señora Luna había tenido una brillante inspiración; por primera vez en su vida había logrado frenar la lengua. No le había hecho ninguna escena; no había habido necesidad de preguntas ni de reproches; lo había recibido como si lo hubiera visto el día anterior, con el añadido de una especie de misteriosa melancolía. Es posible que se hubiera convencido de que lo había perdido; había algo mejor que la desolación y era tratar de retenerlo como amigo. Era como si ahora tratara de demostrarle que estaba tratando de iniciar una amistad. Se portó con humildad y dulzura, lo llenó de atenciones, movió una cortina que interceptaba el calor del fuego, advirtió que él tenía un aire de fatiga y pidió el té. No lo interrogó sobre sus asuntos; no le preguntó si estaba ocupado, si prosperaba; y esta reticencia le pareció a Ransom inesperadamente delicada y discreta; era como si ella hubiese imaginado, por una sutil intuición femenina, que su carrera profesional no le ofrecía a él nada de que poder vanagloriarse. Había en él tal simpleza que le hizo llegar a preguntarse si su prima habría mejorado. La luz de la lámpara era suave, el fuego chisporroteaba agradablemente; todo lo que lo rodeaba denotaba un gusto y un toque femenino; el lugar estaba decorado a la perfección; era exquisitamente íntimo y personal; era el retrato de un hogar bien acondicionado. La señora Luna se había quejado de las dificultades para instalarse en Estados Unidos, pero Ransom recordó haber recibido semejante impresión en Boston, en casa de su hermana, y dedujo que ambas damas tenían en común el arte de saber vivir con elegancia. Desde luego resultaba mejor pasar una noche de invierno allí que en la cervecería alemana (el té de la señora Luna era excelente), y su misma anfitriona le pareció esa noche casi tan amable como la actriz de variedades. Después de una hora se sentía, no diré que dispuesto al matrimonio, sino ya casi casado. Frente a sus ojos desfilaban imágenes de bienestar, bienestar en el que se vio a sí mismo llenando resmas de papel con sus puntos de vista sobre varios temas, y con favorables ilustraciones de la elocuencia del Sur. Le resultó tolerable la idea de que si los directores de los periódicos no publicaban sus elucubraciones uno por lo menos las podía hacer imprimir a sus expensas.