Las Bostonianas
Las Bostonianas Hubo un momento en que la ilusión fue casi perfecta. La señora Luna había tomado sus labores de punto; se hallaba sentada frente a él, del otro lado de la chimenea. Sus blancas manos describían pequeños arabescos y sus anillos emitían reflejos hermosos a la luz de la chimenea. Inclinaba la cabeza ligeramente a un lado, mostrando la redondez del mentón y del cuello, y sus ojos caídos (con aire de modestia) permanecían tranquilamente sobre su labor. Un silencio de unos cuantos minutos había caído sobre ellos, y Adeline —que decididamente había mejorado— pareció también sentir el encanto y no quiso romperlo. Basil Ransom era consciente de todo eso, y al mismo tiempo se hallaba vagamente sumergido en sus especulaciones. Si aquella situación le ofrecía tiempo libre, si le daba comodidad, ¿no era en sí un motivo válido? Un estudio concienzudo del problema que más le preocupaba: ¿no era tal vez esta una ocasión infinitamente deseable? Le pareció verse, sentirse, en esa misma silla las noches del futuro, leyendo algún libro indispensable bajo la tranquila luz de aquella lámpara. La señora Luna sabía cómo obtener aquella agradable penumbra. ¿No tendría así un modo de actuar sobre la opinión pública de su época, moderar ciertas tendencias, indicar ciertos peligros, emprender la crítica necesaria? ¿No era una obligación la de obtener las mejores condiciones para poder emprender tal acción? Y a medida que el silencio continuaba él casi llegó a persuadirse de que era su deber, de que una ley moral le obligaba a contraer matrimonio con la señora Luna. Precisamente en aquel momento ella levantó los ojos de su trabajo y sus miradas se encontraron; ella sonrió. Basil creyó que ella había adivinado lo que estaba pensando. La idea lo sorprendió y alarmó un poco, así que cuando la señora Luna, con sus modales afables, dijo: