Las Bostonianas

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—No hay nada que me guste tanto en una noche de invierno como un tête-à-tête frente al fuego. Es como Darby y Joan; qué lástima que la tetera haya dejado de silbar.

Cuando pronunció aquellas palabras insinuantes, Ransom, con una sacudida de cabeza casi imperceptible, suficiente, de cualquier modo, para romper el encanto, respondió del modo más directo y en un tono de fría y distante curiosidad, si había tenido noticias de su hermana, y si sabía cuánto tiempo pensaba permanecer todavía la señorita Chancellor en Europa.

—Bien se ve que ha estado usted viviendo en su agujero —respondió la señora Luna—. Olive regresó hace seis semanas. ¿Cuánto tiempo creía usted que iba a soportar vivir allá?

—No tengo la más mínima idea —replicó Ransom—. Yo nunca he estado en Europa.

—Sí, y por eso me gusta usted —declaró la señora Luna con dulzura—. Que un hombre me resulte simpático sin haber viajado es para mí una novedad.

El joven se sobresaltó. Luego se rio ligeramente.

—¡Dios mío! ¡Cuán pocas razones debe de haber!

—Menciono solo esa porque puedo decirla; no me atrevería a confesar las otras.


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