Las Bostonianas
Las Bostonianas —Me complace que haya otras por si un dÃa también yo me decido a viajar —continuó Ransom—. TenÃa la impresión de que guardaba usted un grato recuerdo de Europa.
—Y asà es, pero eso no es todo —dijo la señora Luna filosóficamente—. Lo mejor serÃa que hiciera usted el viaje conmigo —añadió con cierta inconsecuencia.
—¡Con una dama tan irresistible! IrÃa hasta el fin del mundo —exclamó Ransom con el tono que la señora Luna encontraba siempre tan poco satisfactorio.
Formaba parte de su galanterÃa de hombre meridional; su acento sureño aumentaba cuando decÃa ese tipo de cosas; eran frases que de ninguna manera lo comprometÃan. En más de una ocasión Adeline habÃa deseado que no fuera tan asquerosamente cortés, como decÃa la gente en Inglaterra. Ella respondió que no le interesaba ir al fin de nada, lo que le interesaban eran los comienzos; pero él no se dio por aludido. Volvió al tema de Olive, quiso saber qué habÃa hecho allá, si habÃa inflamado los ánimos de los europeos.
—Por supuesto; dejó a todo el mundo fascinado —dijo la señora Luna—. Con la gracia, la belleza y los modales que tiene, ¿cómo podÃa evitarlo?
—Pero ¿logró convertirlos? ¿Logró engrosar la cruzada que está dispuesta a marchar bajo sus banderas?