Las Bostonianas

Las Bostonianas

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—Supongo que debe de haber visto a infinidad de gente necia, a una multitud de solteronas viciosas, fanáticas y afiebradas. Pero no tengo la menor idea de qué logró. Tal vez lo que llaman milagros.

—¿No la vio usted a su regreso?

—¿Cómo podría verla? Tengo una magnífica vista, pero no alcanza hasta Boston. —Y luego explicó que su hermana había desembarcado en aquel puerto; la señora Luna continuó preguntando si podía imaginar que Olive hiciera algo de primera categoría si existían otras inferiores—. Por supuesto le gustan los barcos malos, como los vapores de Boston, de la misma manera que le gusta la gente ordinaria, y las charlatanas pelirrojas, y las doctrinas absurdas.

Ransom permaneció silencioso durante un momento.

—¿Alude usted a… a aquella impresionante joven que conocí en Boston hace un año, en octubre? ¿Cómo se llamaba? ¿La señorita Tarrant? ¿Sigue la señorita Chancellor tan entusiasmada con ella como entonces?

—¡Por Dios! ¿No sabía usted que la llevó a Europa? Hizo ese viaje para educar su mente. ¿No se lo había dicho el año pasado cuando tenía usted la costumbre de venir a visitarme?

—Sí, sí, ahora lo recuerdo —dijo Ransom un poco pensativo—. ¿Y regresó con ella?


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