Las Bostonianas

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—Bueno, no son dulzuras lo que ando buscando —dijo la señorita Birdseye—. Por otra parte ya he estado en el Sur, en los viejos tiempos, y no puedo decir que me hayan dejado dormir mucho; siempre andaban persiguiéndome.

—¿Por causa de los negros?

—Sí, entonces no podía pensar en ninguna otra cosa. Les llevaba la Biblia.

Ransom permaneció en silencio durante un momento; después respondió en un tono que evidentemente era de delicado respeto:

—Me gustaría conocer todo eso.

—Bueno, por fortuna ya no somos necesarias; ahora hay que hacer otras cosas. —Y la señorita Birdseye lo miró con cierto vago y curioso sentido del humor, como si él debiera entender a qué cosas aludía.

—Se refiere usted a las otras esclavas —exclamó con una sonrisa—. Puede usted llevarles todas las Biblias que quiera.

—Quiero llevarles la ley. Esa debe ser ahora nuestra Biblia.

Ransom advirtió que le gustaba mucho la señorita Birdseye, y sin ninguna hipocresía ni un uso excesivo de la cortesía protocolaria que había en su lenguaje le dijo:


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