Las Bostonianas

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La buena mujer volvió de pronto a la realidad, y Ransom la ayudó a bajar del vehículo, con el auxilio, como antes, del fuerte brazo del conductor. El camino se bifurcaba hacia la derecha, y ella tuvo que esperar en la esquina de la calle debido a que no había ningún tranvía azul a la vista. La esquina estaba desierta y el día se prestaba a la espera, un día nada gris, sino intensamente radiante. Parecía que la brisa misma llevase guantes y los colores de la calle tuvieran la riqueza de tonos de un deshielo incipiente. Ransom, como es natural, esperó con su filantrópica acompañante, aunque ahora ella protestaba más vigorosamente contra la idea de que un caballero del Sur pretendiera descubrirle a una vieja abolicionista los misterios de Boston. Él prometió dejarla tan pronto como la depositara en el tranvía azul; y entretanto estuvieron de pie bajo el sol, de espaldas al escaparate de una farmacia. Ella trataba, a petición del joven, de recordar el nombre de la calle del doctor Tarrant.

—Me imagino que si pregunta por el doctor Tarrant cualquier persona se lo podrá decir —dijo; y en aquel momento, recordó súbitamente la dirección del curandero mesmeriano: estaba situada en Monadnoc Place.

—Pero tendrá que preguntar dónde queda ese lugar; de manera que será lo mismo —continuó. Después de esto añadió, en un tono de mayor cordialidad—: ¿No irá usted también a visitar a su prima?


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