Las Bostonianas

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XXIV

Una hora después, o poco más, Ransom se hallaba en el saloncito de la residencia del doctor Tarrant en Monadnoc Place. Había convencido a una joven sirvienta, con apasionada solicitud, de que anunciara a las damas su presencia; y ella había vuelto, después de una larga ausencia, para decirle que la señorita Tarrant bajaría dentro de poco. Ransom se apoderó, de acuerdo con su costumbre, del primer libro que encontró a mano (estaba sobre la mesa, junto a una vieja revista y una bandeja de estilo japonés que contenía las tarjetas de visita de Tarrant, con la especificación de doctor mesmeriano), y pasó unos diez minutos hojeándolo. Se trataba de una biografía de Ada T. P. Foat, la célebre médium, y estaba adornado con un retrato de la dama con una expresión de sorpresa e innumerables ricitos. Ransom se dijo, después de leer algunas páginas, que siempre se había ridiculizado la literatura del Sur; ¡pero si aquello era un ejemplo brillante de la del Norte…! Y arrojó el libro sobre la mesa despectivamente, como si no supiera bien, después de haber vivido tanto tiempo en el Norte, que este no lo era, mientras se preguntaba a la vez si ese era el tipo de cosas con que la señorita Chancellor se cultivaba. No había otro libro a la vista, y había leído ya aquella revista; así que definitivamente no tenía nada que hacer, mientras los ocupantes de la casa no se dignaran aparecer, más que permanecer inmóvil en aquel luminoso, desnudo y pequeño cuarto, tan caluroso que sintió deseos de abrir una ventana, a través de la cual una fea e invasora luz oblicua parecía decidida a revelar la pobreza del lugar. Ransom, como ya he dicho, no tenía un gran conocimiento del lujo, y por lo general no observaba cómo estaban amuebladas las casas pobres; solo se daba cuenta cuando aquellas eran muy hermosas; pero lo que pudo ver mientras esperaba en la del doctor Tarrant le hizo decirse que no era ninguna maravilla que Verena prefiriera vivir en la casa de Olive Chancellor. Hasta llegó a preguntarse si no sería debido a aquella elegancia superior por lo que cultivaba la amistad de la señorita Chancellor, y si la señora Luna no tendría razón cuando pensaba que se trataba de una joven mercenaria e insincera. Pasaron tantos minutos antes de que ella apareciera que tuvo tiempo de recordar que en realidad él no sabía nada que pudiera desmentir aquella hipótesis, así como lo extraño que era (extrañísimo, si se pensaba bien) que hubiera ido a Cambridge para verla, cuando solo tenía a su disposición unas cuantas horas libres en Boston, sencillamente en respuesta a una invitación ocasional hecha hacía año y medio. De cualquier manera no se había negado a recibirlo; y estaba en libertad de hacerlo si no le agradaba su presencia. Y no solo eso; era evidente que se estaba arreglando en su honor, ya que el joven oía rápidos pasos de un lado a otro por encima de su cabeza, así como a través de la modesta tarima que en Monadnoc Place separaba ambos pisos, el sonido de cajones y gavetas que se abrían y se cerraban. Al fin, las escaleras crujieron bajo un paso ligero y un instante después una radiante figura hizo su aparición en la sala.


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