Las Bostonianas
Las Bostonianas —He acabado por acostumbrarme a que no me dirija la palabra en mi propia casa, pero si piensa ignorarme en público creo que debería advertírmelo antes.
Estas palabras de saludo eran muy típicamente suyas, y ya para entonces Basil sabía cómo debía interpretarlas. La señora Luna iba vestida de amarillo y su actitud era positiva y alegre. A Basil le asombró aquel instinto maravilloso por medio del cual ella había descubierto el punto sensible de él. El salón ahora estaba absolutamente vacío, por lo mismo ella tenía el campo libre para sus maniobras. Ransom le ofreció encontrarle un sitio adecuado desde donde pudiera ver y escuchar a la señorita Tarrant; era capaz hasta de llevarle una silla para que pudiera subirse, si deseaba ver el espectáculo por encima de las cabezas de los caballeros que se arremolinaban en la puerta, proposición que ella acogió con una pregunta:
—¿Piensa acaso que he venido acá para escuchar a esa charlatana? ¿No le he dicho ya lo que pienso de ella?
—Bueno, estoy seguro de que no ha venido para verme —dijo Ransom, anticipándose a una insinuación por el estilo—, ya que difícilmente podría saber que yo iba a venir.
