Las Bostonianas

Las Bostonianas

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XXXV

La oscuridad había caído definitivamente aquella noche de agosto, cuando Basil Ransom, terminada su cena, salió a la plaza frente al pequeño hotel donde se hospedaba. Era un hotel muy pequeño, de construcción frágil y barata; el paso de un hombre alto de Mississippi hizo que la escalera chirriara y que los vidrios de las ventanas tintinearan en sus marcos. Estaba muy hambriento a su llegada, ya que no había tenido ni siquiera un momento libre, ni en Boston ni de camino, para comer el frugal bocado con que había acostumbrado a su naturaleza a mantenerse entre el desayuno que consistía en una taza de café y la cena que consistía en una taza de té. Acababa de tomar una taza de té, de muy mala calidad, servida por una joven pálida y contrahecha, de rizos castaños, un cinturón de fantasía y una expresión de limitada tolerancia hacia un cliente que no se decidía con toda rapidez entre el pescado frito, la carne asada y los frijoles hervidos. El tren para Marmion había salido de Boston a las cuatro en punto de la tarde, dirigiéndose, sin prisas, hacia el cabo sur, mientras las sombras se alargaban en las praderas rocosas y los rayos oblicuos del sol doraban los bosques salvajes y teñían los estanques y los pantanos con un resplandor amarillo. La madurez del verano se cernía sobre el camino y, sin embargo, no había nada en la región que Basil Ransom atravesaba que pareciera susceptible de maduración; nada, sino las manzanas en los pequeños jardines, que producían una sensación de ácida fructificación aquí y allá, y los altos y dorados cañaverales que surgían del fondo de los diques de piedra desnuda. No había campos de trigo dorado; solo aquí y allá un montón de paja castaña. Pero había una especie de blando reposo en el paisaje y una dulzura creada por aquellos horizontes bajos y por el aire tibio, con la posibilidad de calina estival y de rincones ocultos donde en las mañanas de agosto el agua debía ser de un azul luminoso. Ransom había oído decir que el Cabo era la Italia del estado de Massachusetts; se lo habían descrito como el somnoliento Cabo, el Cabo lánguido, el Cabo no de las tempestades, sino de la paz eterna. Sabía que las bostonianas habían sido atraídas, durante las semanas de mayor calor, por su influencia sedante, convencidas de que su aire tónico les proporcionaría una calma perfecta. En una actividad como la suya, donde abundaba la excitación nerviosa, no tenían ningún deseo de adquirir compromisos al abandonar la ciudad; ya estaban suficientemente comprometidas, durante todo el tiempo, con el sentimiento de todos los agravios que había sufrido su sexo. Querían vivir ociosamente, tenderse en hamacas, permanecer fuera del contacto de la multitud y el estruendo de los balnearios. Ransom pudo ver que en Marmion no había ninguna multitud, aunque sí algo de estrépito, procedente del único vehículo que esperaba fuera de la pequeña estación, solitaria, con aspecto más bien de cabaña, tan distante de la población que, por más que uno mirara a lo largo del camino polvoriento, que se suponía que debía de conducir a ella, lo único que se podía divisar era el terreno baldío a ambos lados. Seis u ocho hombres con ropa de trabajo, que acarreaban paquetes y sacos de viaje, se lanzaron sobre aquel solitario y raquítico medio de transporte, de manera que Ransom pudo adivinar su propia suerte, mientras el malhumorado conductor del vehículo, un ciudadano delgado y tambaleante, con un cuello largo y una barbilla rala, le previno que si deseaba llegar a un hotel antes de que oscureciera debía darse prisa. Su maleta fue colocada de manera precaria en la parte posterior del vehículo.


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