Las Bostonianas

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XXXVI

Cierta prudencia había determinado que Ransom pospusiera su visita hasta la mañana siguiente; pensó que tal vez a esas horas fuera posible ver a Verena a solas, mientras que en la noche era seguro que las dos jóvenes estuvieran sentadas una cerca de la otra. Sin embargo, cuando despertó al día siguiente no tuvo la menor vacilación para llevar a cabo sus propósitos. No sabía nada sobre el recibimiento que le esperaba pero emprendió el camino a la casita que la noche anterior le había mostrado la doctora Prance, con el paso seguro de quien es consciente de sus propias intenciones más que de los posibles obstáculos. Mientras caminaba se hizo la reflexión de que ver por primera vez un lugar en la noche es como leer a un autor extranjero en una traducción. En aquel momento —eran cerca de las once— sintió que estaba en contacto con el original. La pequeña ciudad diseminada un poco aquí y allá se extendía a lo largo de la costa, sobre una bahía azul; a un lado había una playa baja y boscosa, con una franja de arena blanca bañada por el agua. La estrecha bahía hacía recordar un cuadro que pareciera a la vez brillante y oscuro… un mar de verano brillante y reluciente, y un círculo de costa caliginosa y delicada bajo el sol de agosto. Ransom definía aquella localidad como una ciudad porque así la había llamado la doctora Prance; pero se trataba de un lugar donde era posible respirar el olor de heno por las calles y donde se podían recoger moras en la plaza principal. Las casas se miraban unas a otras a través de los prados… casas bajas, y amplias, de madera, con rostros secos y arrugados y ojos estrechos de pequeños paneles con los marcos desvencijados. Los pequeños jardines frente a la puerta principal estaban cubiertos de flores pasadas de moda, amarillas sobre todo; y en la parte que daba hacia el mar los campos subían en una suave pendiente, y en los bosques, entre los que aquellas casas se perdían, solo era posible ver algunos tejados. Las cofias y delantales no constituían un elemento necesario para el servicio doméstico en Marmion, y la sirvienta que recibía al visitante en la puerta era una criatura más deseada que poseída en la realidad, de modo que Basil Ransom encontró la puerta de entrada de casa de la señorita Chancellor abierta de par en par (como la había visto la noche anterior) y desprovista de un timbre o de una campanilla. Desde el lugar en que se encontraba en el pórtico podía ver perfectamente la pequeña sala al lado izquierdo del vestíbulo; podía abarcar con una sola mirada hasta las ventanas de la parte posterior; las paredes estaban decoradas con fotografías de obras de arte extranjeras, y la sala estaba enriquecida con un piano y algunos de esos raros objetos de ornato que las mujeres se ingenian para poner en las casas que alquilan por unas cuantas semanas. Verena le dijo algún tiempo después que Olive había tomado la casa ya amueblada, pero que eran tan pocas las sillas, las mesas y las camas, que aquel pequeño grupo acostumbraba a sentarse o tenderse por turnos. No faltaban las obras de George Eliot y dos fotografías de la Madonna de la Capilla Sixtina. Ransom golpeó la puerta con la punta del bastón pero nadie salió a recibirlo; así que entró en la sala, donde pudo observar que su prima tenía tantos libros en alemán como siempre diseminados por todas partes. Por un momento se sumió en la lectura de uno de ellos, como era su costumbre, y entonces recordó que no era a eso a lo que había ido y que mientras esperaba en la puerta había visto, a través de otra puerta que se abría al lado opuesto del vestíbulo, parte de una terraza situada en el costado posterior de la casa. Pensando que las damas podían estar reunidas allí, a la sombra, hizo a un lado la cortina de muselina y advirtió que todas las ventajas de la residencia veraniega de la señorita Chancellor se concentraban allí. Había, en efecto, una terraza sombreada por una amplia pérgola, formada por las ramas de una vieja parra. Más allá de la pérgola había un pequeño jardín abandonado, y aún más allá se extendía una amplia zona boscosa donde había algunas pilas de leños, y que más tarde supo que eran reliquias de la época de los astilleros de que había hablado la doctora Prance. A lo lejos se hallaba el estuario estupendo, semejante a un lago, que ya había admirado. Sus ojos no se posaron en aquel paisaje distante, sino que fueron atraídos de inmediato por una figura sentada bajo la pérgola, donde los rayos solares se filtraban, entre los intersticios de la vid y caían sobre una alfombra de vivos colores. El suelo de aquella tosca terraza era tan bajo que prácticamente no había diferencia con el de la casa. Al instante Ransom reconoció a la señorita Birdseye, a pesar de que solo podía verla de espaldas. Estaba sola e inmóvil (tenía en el regazo un periódico, pero su actitud no era la de una persona que estuviera leyendo) frente a la brillante bahía. Podía estar dormida, así que Ransom moderó el paso de sus largas piernas para atravesar el corredor hasta llegar a ella. Aquella precaución fue su única delicadeza. Cruzó la terraza y se detuvo frente a ella, quien sin embargo no pareció advertir su presencia. Estaba visiblemente adormilada, o por lo menos eso era lo que se podía suponer, pues se escondía bajo un viejo sombrero de paja descolorido, que le ocultaba la parte superior de la cara. A su lado había dos o tres sillas vacías, y una mesa con media docena de libros y revistas, junto a un vaso con un líquido incoloro sobre el cual se apoyaba una cucharilla. Ransom se propuso no perturbar su reposo y se sentó en una silla esperando que pudiera advertir su presencia. Pensó que el jardín posterior de la señorita Chancellor era un lugar delicioso, y sus sentidos fatigados se refrescaron con la brisa, ese vientecillo vago y perezoso del verano, que agitaba las hojas de parra sobre su cabeza. Las playas caliginosas de la otra parte de la bahía, que tenía tonalidades más delicadas que las calles de Nueva York (parecían inmersas en una nube plateada, una especie de luminosidad que solo puede verse durante el verano), le sugerían una especie de tierra soñada, un paisaje como solo era posible ver en los cuadros. Basil Ransom no había visto demasiados cuadros, no los había en Mississippi, pero tenía a veces la visión de algo que podía ser más refinado que el mundo real, y el lugar donde se encontraba en aquel momento le fascinaba tanto que le parecía estar frente a una gran obra de arte. Era incapaz de ver, como ya he dicho, si la señorita Birdseye estaba contemplando el panorama con los ojos abiertos o si, ayudada de su fantasía (que no era escasa), lo hacía a través de sus ojos cerrados, cansados, deslumbrados. Mientras los minutos pasaban y Ransom permanecía sentado a su lado, le llegó a parecer la encarnación de un reposo bien merecido, de un retiro humilde y paciente. Al final de sus largas jornadas de trabajo merecía estar allí disfrutando de la vaga prefiguración del apacible río y de las brillantes playas del paraíso donde su vida carente de egoísmo la cualificaba perfectamente para entrar y que, por lo visto, muy pronto se abriría ante ella. Después de un rato dijo con placidez, sin volverse hacia él:


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