Las Bostonianas
Las Bostonianas Basil Ransom había advertido ya la presencia de la doctora Prance; no se había aburrido del todo durante el tiempo que había permanecido solo, había observado a todas las personas que poblaban el salón, llegando a las conclusiones más disparatadas. La joven médica le había impresionado como un perfecto ejemplo de la «hembra yanqui», la figura que, en la imaginación no reformada de los hijos de los estados del algodón, era producto del sistema educativo de la Nueva Inglaterra, el código puritano, los climas severos, la ausencia de caballerosidad. Delgada, seca, dura, sin una curva, flexibilidad ni gracia, daba la impresión de no querer tomar ventajas en la lucha por la vida, pero tampoco de conceder ninguna. Sin embargo Ransom advirtió que no era una reformista entusiasta, y después de su contacto con el entusiasmo de su prima, eso fue casi un alivio para él. Era evidente que si hubiera sido un muchacho, Mary Prance habría abandonado la escuela para dedicarse a hacer experimentos personales de mecánica o investigaciones de historia natural. Es cierto también que si hubiera sido un muchacho mantendría relaciones con una muchacha, mientras que la doctora Prance parecía no sostener ningún tipo de relaciones. Fuera de sus inteligentes ojos los demás rasgos eran inmencionables. Ransom le preguntó si ya conocía a la leona, y como lo contemplara sin ofrecer ninguna respuesta, él le explicó que se refería a la célebre señora Farrinder.