Las Bostonianas
Las Bostonianas Durante mucho tiempo esta había sido la convicción de Basil Ransom, así que su corazón se suavizó ante las palabras de la doctora Prance y le rindió homenaje a la manera de Mississippi: con tal riqueza de elogios que al fin ella lo miró con sus ojos penetrantes y suspicaces. Esto lo frenó; seguramente la joven estaba pensando que él hablaba demasiado, mientras que ella daba la impresión de no ser capaz de sostener una conversación. Ransom consideró pertinente, de cualquier manera, observar que creía que iban a escuchar una conferencia de la señora Farrinder… no sabía por qué no había comenzado todavía.
—Sí —asintió la doctora Prance, con bastante sequedad—, supongo que fue para eso para lo que me llamó la señorita Birdseye. Parecía pensar que yo no debía perderme esta lección.
—Por lo que veo, se consolaría usted fácilmente de perderse la perorata —insinuó Ransom.
—Bueno, me gustaría terminar un trabajo. ¡No quiero que nadie me enseñe qué es capaz de hacer una mujer! —declaró la doctora Prance—. La mujer puede hacer muchas cosas si lo intenta. Además, ya conozco las teorías de la señora Farrinder y sé todo lo que va a decir aquí.
—Entonces dígamelo, ya que ella se obstina en permanecer callada.