Las Bostonianas
Las Bostonianas —No me considero obligada a decÃrselo.
—¡Por supuesto que no lo está! Disculpe mi pregunta. Será mejor que lo averigüe por mi cuenta, porque si le debiera a usted la información, es posible que por cierto sentimiento de delicadeza me molestara en aprovecharla.
—¡Santo cielo! —exclamó la señorita Chancellor ante la idea de que Ransom pudiera tener delicadeza. Luego añadió más deliberadamente—: ¡Nunca lo descubrirá!
—¿Cree usted que no?
—¡Estoy segura!
Y disfrutar tan intensamente de la situación hizo que de sus labios surgiera un agudo, incoherente sonido, que podÃa parecerse a una risa, una risa de triunfo, pero que, en la distancia, hubiera podido perfectamente ser confundido con un gemido de desesperación. Asà sonó a los oÃdos de Ransom tan pronto como se dio la vuelta.