Las Bostonianas
Las Bostonianas —Oh, lo sé todo —respondió Ransom sonriendo.
—Bueno, me parece que la gente no ha venido aquí para oír ese órgano. Si dentro de poco no para, vamos a tener oportunidad de oír otras cosas.
—Muy pronto va usted a oír muchas cosas —corroboró Ransom.
La serenidad de su confianza pareció impresionar al final a su antagonista, quien movió la cabeza un poco, como un animal dispuesto a dar coces, y miró al joven bajo sus espesas cejas.
—Bueno, ya he oído muchas cosas desde que llegué a Boston.
—Oh, Boston es una gran ciudad —añadió Ransom sin poner atención.
Había dejado de escuchar al policía y al órgano, pues en esos momentos le llegó el sonido de voces procedentes del otro lado de la puerta. El policía se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Se produjo otra pausa, durante la cual cesó el sonido del órgano.
—Esperaré aquí con su permiso —dijo Ransom—. Tengo la seguridad de que me llamarán.
—¿Quién supone usted que va a llamarlo?
—Espero que la señorita Tarrant.
—Primero ella tendrá que darle explicaciones a la otra.