Las Bostonianas
Las Bostonianas Ransom sacó su reloj, que varias horas antes habÃa sincronizado con la hora de Boston, y se dio cuenta de que durante ese diálogo los minutos habÃan corrido con creciente velocidad, y que ahora marcaba las ocho y cinco.
—La señorita Chancellor será quien tenga que darle explicaciones al público —dijo; y sus palabras estaban lejos de ser una profesión de vacua autoconfianza, pues tenÃa la convicción de que se estaba desarrollando un drama, en el que él, aunque ausente, era el protagonista, dentro del camerino al que le impedÃan entrar; y que la situación era extraordinariamente tensa y que no se resolverÃa hasta que lo llamaran; esta suposición trascendental adquirió una fuerza mayor en el instante en que advirtió que Verena mantenÃa al público a la espera. ¿Por qué entonces no aparecÃa? ¿Por qué, si no era porque sabÃa que él estaba allà y deseaba ganar tiempo?
—Bueno, creo que ya ha salido a escena —dijo el guardián, cuya discusión con Ransom parecÃa haber pasado por su parte, y sin ceder en lo más mÃnimo en cuanto a firmeza, a una fase sociable.
—Si hubiera salido habrÃamos escuchado ya el recibimiento, los aplausos del público.
—Eso es precisamente lo que están haciendo —anunció el policÃa.