Las Bostonianas
Las Bostonianas El estruendo prosiguió durante un minuto y luego cesó, pero antes de que aquello ocurriera, la observación de Ransom había demostrado ser acertada. El tono de aquella manifestación no carecía de cierto humor, pero implicaba impaciencia. Ransom miró nuevamente su reloj, vio que habían transcurrido otros cinco minutos y recordó que el periodista había dicho algo en la casa de Charles Street sobre el hecho de que Olive se había hecho responsable de la puntualidad de Verena. De un modo bastante extraño, en el momento en que la imagen de aquel caballero se presentó en su mente, el mismo, en persona, entraba apresuradamente por la otra puerta, en un estado de viva agitación.
—¿Por qué, en nombre del cielo, no comienza? Si quiere que el público la llame, ya lo ha logrado.
El señor Pardon miró a Ransom, luego al policía, y nuevamente al primero, y en su preocupación no daba muestras de haber visto nunca antes al joven de Mississippi.
—Me imagino que se habrá sentido mal —dijo el policía.
—¡Va a ser el público quien se sentirá mal! —gritó el infeliz periodista—. Si se ha enfermado, ¿por qué no llaman a un médico? Todo Boston ha acudido al teatro, de modo que debe hablar. Debo entrar a verla.