Las Bostonianas

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XLII

Ransom no respondió nada; observaba fijamente la puerta, que en aquel momento alguien abrió desde el interior. Allí estaba Verena… ella había abierto… y sus ojos se dirigieron directamente a él. Iba vestida de blanco; su rostro estaba más blanco aún que el vestido, su cabello parecía resplandecer como el fuego. Dio un paso adelante, pero antes de que diera el siguiente él había llegado hasta ella, en el umbral de la puerta. La expresión del rostro de la joven era de intenso sufrimiento, y él no trató, frente a todas aquellas miradas, de tomarle las manos; solo le dijo en voz muy baja:

—Te he estado esperando… durante mucho tiempo.

—Lo sé… Te vi en la sala… Quiero hablar contigo.

—Bueno, señorita Tarrant, ¿no cree usted que sería mejor que hablara desde el escenario? —gritó el señor Filer, haciendo un gesto con ambos brazos como si fuera a transportarla en brazos desde el camerino y depositarla ante el público.

—En un momento estaré lista. Mi padre lo ha arreglado todo. —Y, para sorpresa de Ransom, sonrió con toda su dulzura al furibundo empresario, como si quisiera en verdad tranquilizarlo.


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