Las Bostonianas

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—Bueno, a mí no me han desilusionado —respondió la inmutable doctora Prance—. Si se hubiera iniciado una discusión me habría visto forzada a permanecer aquí.

—Espero que no tenga usted la intención de retirarse.

—Bueno, debo proseguir mis estudios en algún momento. No quiero que los caballeros médicos me lleven ventaja.

—Estoy seguro de que nadie logrará aventajarla. Y mire, esa muchacha tan bonita ha ido a hablarle a la señora Farrinder. Va a pedirle que le dirija al público unas cuantas palabras. La señora Farrinder no logrará resistirse.

—Bueno, entonces, me retiraré antes de que empiece. Buenas noches, señor —dijo la doctora Prance, quien ya para entonces le había comenzado a parecer a Basil Ransom más susceptible de domesticación, como si hubiera sido un pequeño animal de los bosques, un gato salvaje, una gacela atemorizada que hubiera aprendido a permanecer quieta bajo las caricias, o hasta a tender una patita. Ella proporcionaba salud y a la vez era sana; si su prima hubiera sido del mismo tipo que ella, Basil se hubiese sentido más dichoso.

—Buenas noches, doctora —replicó—. Después de todo usted no me ha dicho cuál es su opinión sobre la capacidad de las damas.


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