Las Bostonianas

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VII

No bien acababa de retirarse la doctora Prance cuando Olive Chancellor se acercó a Ransom con ojos que parecían decir «No me importa que estés aquí o no… Yo me siento perfectamente». Pero lo que sus labios pronunciaron fue algo mucho más amable; le preguntó si podía tener el placer de presentarlo a la señora Farrinder. Ransom asintió con su galantería sureña, y un momento después la señora lo recibía en medio del círculo que para entonces la rodeaba. Para ella esa era una buena ocasión de justificar su reputación de elegancia, y debe decirse con toda imparcialidad que le produjo a Ransom la impresión de tener una dignidad en la conversación y un bello estilo que no hubiera podido ser superado por ninguna de las hijas, ni siquiera entre las de mayor refinamiento, de sus propias regiones. Parecía saber que él no sentía un gran entusiasmo por los cambios que ella exigía, y deseaba mostrarle, especialmente por ser un sureño que había mordido el polvo, que el sexo femenino podía ser magnánimo. Este conocimiento de la secreta herejía de Basil Ransom le pareció a este también reflejado en el rostro de las otras damas, cuyas miradas circunspectas (ya que no les había sido presentado) parecían considerarla más como una desgracia que como una vergüenza. Sentía sobre él los ojos de todas aquellas señoras maduras, contemplaba los rizos más bien desmadejados, que colgaban de aquellos sombreritos oscuros, sus cabezas inclinadas hacia delante, por la costumbre de estar esperando o escuchando algo; podía ver que ninguna de ellas era brillante ni alegre, ninguna, salvo la joven que había visto antes, quien tenía una cabeza genial, y que ahora se encontraba como al margen de aquel cónclave. Sus miradas volvieron a encontrarse; ella también lo observaba atentamente. Se le ocurrió que la señora Farrinder, a la que su prima debió de haberlo presentado de una manera maligna, podía tal vez desafiarlo a combatir, y se preguntaba si realmente estaba preparado (en verdad se sentía de lo más incómodo) para hacer honor a semejante desafío. Si ella arrojaba el guante sobre el tema de la templanza le parecía que podría recogerlo, pues la idea de que se tratara de resolver tal asunto por medio de una legislación lo llenaba de cólera; el gusto del alcohol le resultaba excelente y tenía la firme convicción de que la civilización misma corría peligro si caía en las garras de una horda de mujeres vociferantes (no hago sino registrar algunos de sus iracundos términos) que le impidieran a un caballero probar una copa. La señora Farrinder le demostró que no tenía la ansiedad de quien se siente inseguro; le preguntó si no podría informar a la asamblea allí reunida sobre las condiciones sociales y políticas del Sur. Él pidió que se le excusara, expresando a la vez el alto honor que se le hacía con semejante solicitud, mientras interiormente se reía ante el pensamiento de improvisar una conferencia en aquel salón. Volvió a sonreír cuando creyó interpretar el significado de la mirada que le dirigió la señorita Chancellor: «¡Después de todo, ni para esto resultas útil!». ¡Hablar del Sur ante aquellos fulanos! ¡Jamás habrían podido imaginarse lo poco que le interesaba hacerlo! Sentía una ternura apasionada por su país, se sentía atado a él por un lazo tan íntimo que le hubiera impedido narrar sus confidencias a un grupo de fanáticos norteños; hubiera sido como leerles las cartas de su madre o de su amante. Mantener la reserva hacia las tierras del Sur, no empañarlas con el roce de manos vulgares, dejarlas en paz con sus heridas y sus recuerdos, sin poner en el mercado sus problemas o sus esperanzas, sino esperar todo lo que un hombre pudiera esperar, el lento proceso, la benéfica acción del tiempo, tal era el deseo más profundo de Ransom, y se daba perfectamente cuenta de lo poco que esos pensamientos hubieran logrado entretener a los huéspedes de la señorita Birdseye.


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