Las Bostonianas

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IX

Ransom volvió a acercarse a la señora Farrinder, que permanecía sentada en el sofá al lado de Olive Chancellor; y cuando ella dirigió hacia él su rostro pudo advertir que también ella había sufrido el contagio general. Sus ojos penetrantes brillaban y sobre sus mejillas de matrona se había difundido un brillante color; evidentemente había decidido ya la línea de conducta que debía adoptar. Olive Chancellor permanecía inmóvil en su sitio, con los ojos fijos en el suelo, con la expresión rígida y alarmada que asumía en los momentos de nerviosa desconfianza. No dio señales de notar que su pariente se acercaba. El joven le dirigió algunas frases a la señora Farrinder, frases que daban solo una pálida idea de la admiración que sentía por Verena; y la señora le respondió, con mucha calma, que no debían maravillarse de que la muchacha hablara tan bien: defendía después de todo una causa justa.

—Es además muy graciosa, y tiene un buen dominio del idioma; su padre dice que se trata de un don natural.




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