Las Bostonianas

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Ante esas palabras la señorita Olive lo miró, mostrándole un rostro extraordinario, un rostro que difícilmente podía comprender, ni siquiera reconocer. Era un rostro imponentemente grave, con las pupilas dilatadas, una mancha roja en cada mejilla, como si le dirigiera a él una rápida y perentoria interrogación, una especie de desafío oculto que teñía toda su expresión. Él solo pudo responder a este relámpago repentino con una mirada serena, y preguntarse de nuevo qué otra broma pretendía jugarle su pariente norteña. ¿También él estaba impresionado? Suponía que así era. La señora Farrinder, que evidentemente era una mujer de mundo, acudió en su ayuda, o en la de su prima, diciendo que esperaba que Olive no permaneciera más tiempo en aquel lugar; porque advertía que sentía demasiado profundamente las cosas.

—Si se queda usted no hablaré —añadió—, acabaré por perturbarla. —Y luego añadió tiernamente, en un modo insólito para una naturaleza tan eminentemente intelectual—: Cuando las mujeres sienten de la manera que usted es capaz, ¿cómo dudar entonces de que nuestra causa triunfará?

—¡Oh! Por supuesto que triunfaremos —murmuró la señorita Birdseye.

—Pero debe usted recordar lo de Beacon Street —añadió la señora Farrinder—. Debe usted aprovechar su posición; debe hacer que despierte Back Bay.


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