Las Bostonianas

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A la entrada tropezaron con el señor Pardon, que subía en ese momento al piso superior con una garrafa de agua y un vaso. Allí estaba el carruaje de la señorita Chancellor, y cuando Basil la hubo ayudado a subir ella le dijo que no se molestara en acompañarla. Su hotel le quedaba muy lejos de Charles Street. Ransom tenía tan pocos deseos de sentarse a su lado, deseaba tanto fumar, que no fue sino hasta después de que el vehículo había partido cuando advirtió la frialdad de ella y reflexionó sobre los motivos por los que lo había llevado a esa reunión. Era en verdad una prima extraña, esta, su prima de Boston. Se quedó parado allí durante un momento, contemplando la luz que provenía de las ventanas de la señorita Birdseye y estuvo a punto de volver a entrar en la casa, ahora que podría hablar libremente con la muchacha. Pero se contentó con el recuerdo de su sonrisa, y se dio la vuelta con un sentimiento de alivio, después de todo, por haberse zafado de una compañía tan extravagante, así como con (en un orden muy diferente) la vulgar comprobación de hallarse muy sediento.






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