Las Bostonianas
Las Bostonianas Al día siguiente Verena Tarrant viajó de Cambridge a Charles Street. Aquel barrio de Boston está en comunicación directa con la zona universitaria. Pero tal vez no tan directa, debió parecerle a la pobre Verena, ya que en el congestionado tranvía que finalmente la depositó frente a la puerta de la señorita Chancellor había tenido que permanecer de pie todo el tiempo, agarrada a un asa de cuero que pendía del techo barnizado del vehículo sofocante, como una liana que colgara de un invernadero. De cualquier manera ella estaba acostumbrada a estos viajes perpendiculares, y aunque, como ya sabemos, no se inclinaba a aceptar sin discusión las condiciones sociales de su época, nunca se le hubiera ocurrido criticar el servicio urbano de su país natal. La idea de visitar inmediatamente a la señorita Chancellor había sido una ocurrencia de su madre: Verena la había escuchado muy atentamente, con los ojos bien abiertos, cuando encerrada con ella en su pequeña casa de Cambridge, mientras Selah Tarrant estaba «fuera», como ellas decían, con sus pacientes, trazó una línea de conducta para la hija. La muchacha era tan sumisa como carente de mundo, así que escuchó la enumeración que su madre le hizo de las posibles ventajas que podían provenir de la amistad con la señorita Chancellor, de la misma manera en que hubiera podido escuchar un cuento de hadas. Era también parte del cuento de hadas el hecho de que esa madre celosa le pusiera con sus propias manos el gracioso sombrero de plumas, le abotonara la chaqueta (los botones eran inmensos y brillantes) y le obsequiara veinte centavos para pagar su billete de tranvía.
