Lo mas selecto
Lo mas selecto Lady Davenant llevaba siempre un tocado de estilo peculiar, original y decoroso, una especie de velo o mantilla blanca que le llegaba hasta el lugar donde empezaba a mostrarse el liso cabello en la frente y le cubría los hombros por detrás. Estaba siempre impecable y, en gran medida por eso, la anciana le parecía un hermoso retrato en vez de una persona de carne y hueso. Y, sin embargo, a pesar de su edad, estaba llena de vida y sus casi ochenta años de existencia la habían hecho más refinada, aguda y delicada. Laura creía ver la mano de un maestro en su rostro, y la ingeniosa expresión de éste brillaba como una luz a través del cristal esmerilado de la buena educación; la naturaleza era siempre una artista, pero no hasta tal punto. La joven atribuía a la anciana una sabiduría infinita y por ese motivo la apreciaba con cierto temor. Por lo general, a lady Davenant no le gustaban los jóvenes ni los enfermos; pero, en lo que respectaba a la juventud, hacía una excepción con la jovencita procedente de Estados Unidos, la hermana de la nuera de su más querida amiga. Tal vez, en parte, se interesara por Laura para compensar la tibieza que sentía por Selina. En cualquier caso, se había hecho cargo de la responsabilidad de buscarle marido. Pretendía ocuparse en la misma escasa medida de las personas que padecían de otros tipos de desgracia, pero era capaz de encontrarles excusas cuando reunían culpas suficientes. Esperaba que se le dedicara mucha atención, llevaba siempre guantes en casa y nunca tenía nada entre manos que no fuera un libro. No bordaba ni escribía, sólo leía y hablaba. No tenía ninguna conversación especial con las jovencitas, pero, por lo general, se dirigía a ellas de la misma manera que juzgaba eficaz con sus coetáneos. Laura Wing lo consideraba un honor, pero con frecuencia no entendía lo que la anciana quería decir y le daba vergüenza preguntárselo. De vez en cuando, a lady Davenant también le daba vergüenza decírselo. La señora Berrington había salido a una casa de campo para visitar a una vieja enferma, una mujer que había estado a su servicio durante años, en los viejos tiempos. A diferencia de su amiga, le gustaban los jóvenes y los enfermos, pero a Laura le resultaba menos interesante, excepto cuando se preguntaba cómo podía poseer semejantes abismos de placidez. Sus mejillas eran largas y su mirada, amable, y le encantaban los pájaros; a Laura le sugería, en secreto, una pastilla de buen jabón blanco: no había nada más limpio y suave.