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—Usted no me quiere ¡y no me torture quedándose! —prosiguió ella, con voz convulsa—. Por amor de Dios, ¡márchese y no me diga nada más, no quiero volver a verlo ni a oírlo!

El señor Wendover no se movió, tremendamente agitado, como es natural, por aquella escena inconcebible. Se apoderaban de él sensaciones insólitas que lo empujaban en distintas direcciones. La orden de Laura de que se marchara era enérgica; sin embargo, intentó resistir, hablar. ¿Cómo iba a volver a casa? ¿Querría verlo al día siguiente? ¿Permitiría que la esperara fuera?

—¡Dios mío, Dios mío! ¡Márchese, se lo ruego!

En ese mismo instante, Laura se puso de pie de un brinco y se envolvió en la capa como si quisiera escapar de él y salir corriendo. El señor Wendover, no obstante, impidió ese movimiento dando una palmada en el sombrero y sosteniendo la puerta. La miró una vez más —Laura tenía los ojos cerrados— y exclamó con voz compungida:

—¡Oh, señorita Wing! ¡Oh, señorita Wing! —y salió del palco.


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