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—¿Acaso no es natural visitar a menudo a las personas que uno aprecia? Tal vez haya sido una molestia… con nuestras costumbres americanas —dijo el señor Wendover.

—¿Y porque me aprecia me ha retenido aquí? —preguntó Laura. Se puso de pie, apoyándose contra la pared del palco, cuyas cortinas había corrido para que nadie la viera desde la sala.

Él también se levantó, pero más despacio; se había recuperado ya del primer momento de confusión. Sonrió a Laura, pero con una sonrisa terrible.

—¿Le cabe alguna duda sobre el motivo de mis visitas? Me agrada que me aprecie lo suficiente para preguntármelo.

Durante un instante, Laura pensó que se acercaría más a ella, pero no lo hizo: siguió donde estaba, jugueteando con los guantes. De repente, le asaltó una indecible sensación de vergüenza y horror, de horror de sí misma, de él, de todo, y se dejó caer en una butaca en la parte posterior del palco, apartando la vista e intentado hundirse en el rincón.

—¡Déjeme, déjeme, márchese! —dijo con voz casi inaudible. Le parecía que toda la sala la escuchaba, apelotonándose para entrar en el palco.

—¿Que la deje sola, en este lugar, cuando la amo? No puedo hacerlo, de verdad.


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