Lo mas selecto
Lo mas selecto Los pasillos estaban vacíos y salió sin dificultad. Bajó al vestíbulo; no había nadie que pudiera verla, y su único temor era encontrarse con el señor Wendover. Pero, al parecer, no estaba y Laura vio que podía irse deprisa. Probablemente Selina se había llevado el coche: estaba segura; pero, si no había sido así, tampoco éste habría vuelto a buscarlas todavía; además, Laura no podía quedarse allí esperando mientras lo llamaban. Estaba pidiendo un coche a uno de los empleados de la entrada cuando alguien se acercó corriendo hasta ella, un caballero en el que, al darse la vuelta, reconoció al señor Booker. Parecía casi tan perplejo como el señor Wendover y su aparición la desconcertó casi tanto como lo habría hecho la de su amigo.
—Oh, ¿se marcha usted sola? ¡Qué pensará usted de mí! —exclamó el joven; y empezó a contarle algo de su hermana y a preguntarle, al mismo tiempo, si no podía acompañarla y ayudarla de algún modo. No preguntó nada sobre el señor Wendover, y Laura pensó más tarde que el trastornado caballero lo habría ido a buscar y lo habría enviado a ayudarla; y que, en aquel momento, quizá los contemplaba oculto tras alguna columna. Si hubiera aparecido, su presencia habría resultado odiosa; no obstante (en esa meditación posterior), una vocecita en su corazón elogiaba aquella delicadeza. Se escondía para ayudarla y, mediante persona interpuesta, se ocupaba de su regreso.