Lo mas selecto
Lo mas selecto Aquella noche fui a visitar a la señora Nettlepoint y me senté en su baúl, que sacó de debajo de la litera para que me instalara. Eran las nueve, pero no había anochecido del todo porque el rumbo al norte nos había llevado ya hacia latitudes con días más largos. Había arreglado su nido admirablemente y estaba echada en el sofá con una bata muy favorecedora y una cofia, descansando de sus tareas. Tenía por costumbre pasar el viaje en el camarote, que olía bien (tal era el refinamiento de su arte), y tenía un secreto que sólo conocía ella para dejar la portilla abierta sin que entrara agua. Odiaba lo que denominaba «el lío del barco» y la idea, en caso de que subiera a cubierta, de cruzarse con camareros con bandejas de comida superflua. Manifestó que estaba satisfecha con su situación (prometimos intercambiar libros y le aseguré con familiaridad que pasaría por su camarote una docena de veces al día) y me compadeció por tener que mezclarme y hacer vida social con los viajeros. Le parecía éste un pobre privilegio, ya que en cubierta, antes de zarpar, había echado un vistazo a nuestros compañeros de viaje.